Es el último libro que he leído, me ha estado acompañando durante algunos días en mis viajes desde casa a la facultad, durante la media hora de tren. Y luego durante la otra media hora de vuelta a casa.
Esta triste historia sobre Tita, una joven a la que le niegan el amor, me han hecho más amenos esos trayectos y me han entretenido mientras sentada en un banco de la estación esperaba a que viniera el tren que debía coger.

Hay algunos libros que me enganchan desde un principio, este ha sido uno de ellos. Cuando lo abría y empezaba a leer ya no estaba allí, estaba entre los fogones de la cocina de Tita preparando junto a ella sus recetas y viendo pasar ante mis ojos todo lo que le iba pasando. Incluso odiaba a su madre por haberle negado el casarse con el hombre que quería, pues ella debía de cuidarla hasta que muriese por ser la hija menor.

Voy a robar un trocito de libro, para que se quede aquí escrito.

Mi abuela tenía una teoría muy interesante, decía que si bien todos nacemos con una caja de cerillos en nuestro interior, no los podemos encender solos, necesitamos, como en el experimento, oxígeno y la ayuda de una vela. Sólo que en este caso el oxígeno tiene que provenir, por ejemplo, del aliento de la persona amada; la vela puede ser cualquier tipo de alimento, música, caricia, palabra o sonido que haga disparar el detonador y así encender uno de los cerillos. Por un momento nos sentiremos deslumbrados por una inmensa emoción. Se producirá en nuestro interior un agradable calor que irá desapareciendo poco a poco conforme pase el tiempo, hasta que venga una nueva explosión a reavivarlo. Cada persona tiene que descubrir cuáles son sus detonadores para poder vivir, pues la combustión que se produce al encenderse uno de ellos es lo que nutre de energía el alma. En otras palabras, esta combustión es su alimento. Si uno no descubre a tiempo cuáles son sus propios detonadores, la caja de cerillos se humedece y ya nunca podremos encender un solo fósforo.
Si eso llega a pasar el alma huye de nuestro cuerpo, camina errante por las tinieblas más profundas tratando vanamente de encontrar aliento por sí misma, ignorante deque sólo el cuerpo que ha dejado inerme, lleno de frío, es el único que podría dárselo.

Es un trocito que me ha gustado especialmente porque a mi me ha pasado, porque lo he sentido. He sentido ese agradable calor cuando alguna que otra vez “se ha encendido algunos de mis cerillos”. Pero también he sentido el frío y he visto mi alma caminar errante entre las tinieblas.
Lo bueno es que sé, que solo algunos de mis cerillos son los que se humedecieron, y que aún guardo muchos dispuestos a encenderse de nuevo.